Pocas tareas son más complicadas que el de definir o enmarcar un
proceso de tan alta complejidad como el que nos aborda en esta oportunidad. El
territorio es un concepto con tantas definiciones como visiones existen sobre
él, por lo que los sucesivos conceptos de ordenamiento territorial sufren las
mismas polisemias. Una diversidad que no es mala de ningún modo, es parte de la
compleja naturaleza de un ente que ha sobrevivido las mismas vicisitudes de
nuestra raza, y hasta a veces la ha condicionado y determinado.
Porque podemos entender el territorio de varias formas, pero solo
una podrá darnos la visión más acertada de su naturaleza. Es aceptado por todos
su cualidad dual, en tanto que relaciona procesos y factores; dinámica y estática
del territorio, convirtiendo esa naturaleza dual en compleja relación
sistémica, haciendo de lo dual, algo necesariamente único e integral.
Porque si nos enfocamos en los procesos (dinámica), advertimos como
principales actores al ente biológico (humanos incluidos), que desarrolla
profundas relaciones con su medio adaptándolo y adaptándose. Si nos enfocamos
en los factores (estática), los actores principales ahora son los entes físicos
(abióticos) que moldean y determinan las condicionantes de esos procesos. Como
vemos, indisociables desde cualquier punto de vista.
Por eso, cuando hablamos de ordenamiento territorial, hablamos de
territorio, en su concepción más holística, esa misma que sintetiza en un solo
término, estática y dinámica sin haber forma de disociarlos.
El ser humano, siempre en su posición privilegiada, adopta este
concepto intrínsecamente para su beneficio, obviamente. Beneficio absoluto,
pues hasta cualquier extremo conservacionista es siempre pensando en el
beneficio de generaciones futuras. He aquí el concepto de sostenibilidad. Y es
que después de cientos de años de explotación de recursos sin miramientos
empezamos a entender que este camino extractivista se nos hará insostenible en
algún punto. Tal vez más cercano de lo que esperamos.
Es por esto que tenemos que explotar “con cuidado”. Tenemos que
ocupar con “cautela”, en fin, tenemos que desarrollar nuestras actividades
tomando algún criterio de “sostenibilidad” para que nuestra sociedad siga
floreciendo. Y como el objetivo es el tan mentado “desarrollo” nos hacemos del
ordenamiento territorial como instrumento de gobierno para alcanzarlo. Pues
¿Qué otro concepto nos da la mirada holística que necesitamos? ¿Qué otro
instrumento nos da la posibilidad de mirarnos de esta forma compleja en la que
funcionamos en la realidad?
Se hace obvio el carácter político (de gobierno propiamente dicho)
de esta herramienta, que no es otra cosa que una manera de gobernarnos de modo
tal que podamos sobrellevar las innumerables peripecias que aparecerán en
nuestro devenir humano. Especialmente la que la naturaleza nos imponga. (Peligros
naturales y cambio climático incluidos).
Y como el objetivo responde a intereses propiamente humanos, es la
visión que tenemos de nosotros mismos, la que dirige y gobierna el ordenamiento
territorial. Una visión que, en teoría, deberíamos compartir todos. He aquí su
carácter participativo[1].
Una visión que definitivamente determinará lo que se puede y no se
puede hacer sobre nuestro territorio, lo que al mismo tiempo significa que
determinará lo que nosotros (de forma individual o colectiva, pública o privada)
podamos o no podamos hacer en él, pues como vimos, somos parte integrante del
mismo. Por lo que se evidencia su carácter mandatario (de obligatorio
cumplimiento). He aquí su compleja característica de toma de decisiones.
Y como la planificación es la toma de decisiones por adelantado,
tiene en esto su dimensión planificadora.
Por todo esto, podemos decir que el ordenamiento territorial es el
proceso de toma de decisiones concertadas (o no) sobre el accionar de una
sociedad en relación con su medio geográfico que responde a una determinada
visión de la misma. Proceso, al mismo tiempo, político y técnico.
El accionar de la sociedad puede tener diversas aproximaciones (o
escalas). Podemos estar hablando de la sociedad peruana en conjunto, lo cual
requiere una visión nacional de nuestro derrotero como sociedad para poder
trazar nuestro camino que se hará posible a través del OT. O podríamos estar
hablando de la sociedad urbana de San Isidro cuya imagen particular de su
territorio responderá, de igual forma a su visión, en este caso netamente
urbana. Lo mismo con el resto de los 1838 distritos existentes. E incluso
podríamos hablar de una visión subdistrital, o comunal, o de una cuenca, o
corredor económico, o región, o área natural protegida, etc. Podrían existir
tantos ordenamientos territoriales como recortes del territorio existan, a
diferentes escalas y no podemos negar ninguna, mucho menos prohibirlas. Lo que
tenemos que hacer es integrarlas todas, articularlas, retroalimentarlas, etc.
He aquí la dimensión multiescalar del ordenamiento territorial.
[1] Pero como en estas latitudes estamos en una democracia
representativa, será la visión de la “mayoría” (o del que tenga mayor voz) la
que predominará. Efectos secundarios de un inmaduro sistema político, del cual
somos responsables todos (nosotros elegimos a nuestros representantes).
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