Luego de haberme empapado por algunos años mucho de Nietzsche tuve el deseo de trascender más aún. La fuerza de su filosofía, el gusto por la vida, la riqueza, la potencia de la que te impregnas al leer su hermosa prosa, te hacen desear querer más, sentir más fuerza, más riqueza, en fin, vivir más. Cuando supe que una de las principales influencias de la filosofía nietzschecheana había sido Schopenhauer me dediqué a buscar sus obras. Nunca tuve suerte. Creo que no encontré ninguno de sus libros en los lugares en los que busqué. Y poco a poco fui olvidando aquel deseo. Hasta que hace poco recibí un regalo invaluable de un generoso amigo global. No era precisamente un libro de Schopenhauer, pero era uno que hablaba directamente sobre él (y no podía tener un titulo más descriptivo). “Un año con Schopenhauer” (Irvin Yalom, 2004) es una ingeniosa, divertida y sobretodo enriquecedora trama sicoterapéutica que nos adentra poco a poco a la exitante filosofía “pesimista” de Arthur Schopenhauer (lo que ya es mucho). Con un estilo diáfano y profundo Yalom logra construir personajes tan comunes en nuestra vida que los reconoceremos de inmediato (seguro que se identificaran con alguno); y además, y creo lo mas valioso, te hace “vivir” un año de terapia sicológica como si fueras uno más de aquel grupo. Los resultados prácticos no se dejan esperar, mucho de lo que se habla ahí te sirve, te ayuda, realmente te adentras en la terapia y puedes sacar resultados prácticos aplicables en tu vida. La filosofía schopenhaueriana realmente surte efecto. No hay como una pequeña dosis de Schopenhauer para enfrentar de mejor manera esta vida. Y ahora a reiniciar la búsqueda.
Conocida su filosofía como un pesimismo profundo (y no un profundo pesimismo) Schopenhauer es a mi punto de vista un bípedo con una sobrehumana honestidad. Propugna el profundo conocimiento de uno mismo, los impulsos, las sensaciones y deseos del cuerpo. Demuestra un valor anormal para aceptar y no perturbarse al verlos, tolerarlos puesto que es parte de uno mismo. Comprenderlos, categorizarlos y etiquetarlos. He aquí mi impulso sexual, he aquí mi inclinación por el morbo, he aquí mi gusto por el arte, he aquí mi deseo de grandeza, he aquí mi sueño por el amor. Realmente una honestidad sobrehumana para con uno mismo. No poderse mentir en lo más mínimo ya que “…este capricho de la evolución confiere autoconocimiento al ser humano pero no le equipa sicológicamente para enfrentar lo doloroso de la existencia transitoria”
Y es que para Arthur la vida es sufrimiento (“el dolor y el sufrimiento son realidades esenciales de la vida”), sufrimos por el incierto futuro, y sufrimos por el añorado pasado; por eso propone que “la mayor sabiduría es hacer que el objeto de la vida sea disfrutar del presente pues ésa es la única realidad, todo lo demás es un juego del pensamiento…”, pero puesto que el presente es solo un instante concluye que “...también podríamos llamarlo nuestra mayor locura, porque nunca vale la pena dedicar un esfuerzo serio a lo que existe solo un momento y luego se desvanece como un sueño”. Todo esto tratando de evitar justamente lo que comúnmente sucede “cuando, al final de la vida, la mayoría de los hombres miren hacia atrás, descubrirán que han vivido ad ínterim. Se sorprenderán al ver que aquello que han dejado escurrirse sin apreciarlo ni disfrutarlo fue precisamente su vida. Y así un hombre, embaucado por la esperanza, bailando se deja abrazar por la muerte”
Por eso uno debe alejarse de la vida, tomar distancia de la cotidianeidad y pues para esto tenía una habilidad especial, “Me parece que el panorama que se nos ofrece desde la cumbre de una montaña contribuye enormemente a ensanchar las ideas… desaparecen todos los objetos pequeños y solo lo grande conserva su forma” (¿no es esto lo que hacemos lo geógrafos?); siendo suya una particular perspectiva cósmica que alimentaba su idea de que la vida humana comparada con las escalas astronómicas de tiempo es prácticamente nada, solo un chasquido de dedos. “La vida no es más que el fugaz momento presente, perdido para siempre”.
Decía de que los seres humanos “somos como ovejas que brincan en el campo mientras el carnicero las observa y elije una, luego otra” y en nuestro interminable batallar contra la muerte que “cada soplo de aire que inhalamos impide que nos llegue la muerte que constantemente nos acecha… En última instancia la muerte debe triunfar, pues desde el nacimiento se ha convertido en nuestro destino y juega con su presa durante un breve lapso antes de devorársela. Sin embargo, proseguimos nuestra vida con gran interés y solicitud durante el mayor tiempo posible, de la misma manera en que soplamos y hacemos una burbuja de jabón lo mas grande posible, y aunque con la certeza total de que habrá de reventarse”.
Nutrirse con una filosofía tan llena de verdad y presentada de una forma tan liviana, tan transparente, tan diáfana como la luz de un soleado día de las montañas realmente es gratificante, y aunque no concuerdo con su conclusión final sobre que la vida no debe repetirse, la verdadera sabiduría que transmite llega directo y sin escalas: “el pensamiento creativo genera una sensación de riqueza interior. Por ese camino se obtiene autoestima y la capacidad de superar el vacío y el tedio propios de la vida”
Finalmente una de sus frases que más me gustó es: “Podemos comparar la vida con una tela bordada cuyo lado derecho vemos durante la primera mitad de la existencia, y el revés, en la segunda. El revés no es tan hermoso, pero sí mucho mas instructivo porque nos permite advertir como se entrelazan los hilos en la trama”.
Gracias Yalom, por convidarnos un sorbo de semejante néctar para dioses, y ahora las ansias de buscar “El día que Nietzsche lloró” se hacen irrefrenables. Gracias también a la generosidad santiaguina hecha persona, lamento no continuar por ahora tu ejemplo, pero valoro mucho mis libros como para regalarlos, defecto demasiado humano que Arthur resumiría “soy humano, y nada humano me es ajeno”. Tal vez deba comprar desde ahora en adelante 2 ejemplares de cada libro.
“No he escrito para la multitud… Dejo una obra para los individuos pensantes, que a medida que pase el tiempo llegaran a ser raras excepciones. Sentirán lo mismo que yo, o experimentaran lo que siente el naufrago en una isla desierta, que halla mayor consuelo en las huellas de un semejante que ha sufrido su misma suerte que en todas las cacatúas y macacos que encuentra en los árboles”.
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