sábado, 9 de octubre de 2010

Sobre Federico Nietzsche


Muy pronto será el filósofo, el sociólogo-poeta a la moda. Ya en Alemania una juventud idólatra le ensalza y le adora como un semidiós, y su nombre y sus libros no tardarán en traspasar las fronteras, porque representan una idea nueva o cuando menos remozada de la vida, una idea trascendentalmente sana y optimista que beberán avidamente las resecas inteligencias de nuestra generación trabajadas por pesimismos y sutilezas.

Es un fenómeno de todas las decadencias, de todas las civilizaciones excesivamente refinadas y cansadas de intelectualismo, una reacción, una vuelta a veces brusca y exagerada de las ideas a lo primitivo, a lo rudimentario, a lo brutal, por decirlo así, de la Naturaleza. Por eso en Grecia aparecen los cínicos, los estoico-cínicos en la Roma Imperial, Rosusseau detrás de Voltaire, y ahora Tolstoi y Nietzsche, después de Darwin y Schopenhauer.

Nietzsche viene afirmando el libre albedrío, la voluntad como el gran agente impulsor de la vida. En la esencia de los seres -dice- no hay causas, ni influencias, ni medios ambientes, ni necesidades que valgan: la voluntad de cada uno es su causa y su medio y la ley de su existencia.

Los hombres son esencialmente desiguales según la fuerza de voluntad que atesoran. Hay el hombre superior, el héroe, moral, fuerte, libre, irresistible, que vive la vida en toda su intensidad, ávido de goces y de luchas, dominador valiente y regocijado que lleva su fortaleza y en su plenitud de vida el signo de su superioridad. Estos son los menos, los escogidos, los aristócratas del mundo que deben dirigir y gobernar y oprimir si así conviene a su instinto: son los leones que ríen, que caen impetuosos y triunfantes sobre su presa para jugar con ella y devorarla: para ellos vivir es poder, y su imperio es el de la fuerza corporal, de la salud rica, floreciente, exuberante, que se desparrama en guerras, aventuras, cacerías, danzas y juegos, en todo aquello que es fuerte, libre y alegre. Cuando la vida sube, instinto es igual a la felicidad y el goce ley universal.

Debajo de éstos hay la mayoría, la masa de los naturalmente esclavos, los débiles, los tímidos y reflexivos cuyos instintos yacen apagados y cuyo destino es el estar a merced y servidumbre de los privilegiados.

El malestar de nuestras sociedad consiste para Nitzsche en haber tomado la vida al revés, en haber informado la moral y el derecho en utilidad de los esclavos, de los débiles y miserables a quienes se ha presentado como los verdaderos hombres modelos, en provecho de los cuales han brotado toda suerte de instituciones inspiradas en un deplorable ultracismo. De ahí ha salido esas democracias, esos dominios de las mayorías que parten de concepto absolutamente falso de la vida. No -exclama Nietzsche en su radicalismo brutal-; la ley del mundo es el egoísmo, la ley del fuerte, del rico de instinto, del hombre de presa que ha nacido para gozar y dominar y a quien la cultura actual, cultura de esclavos, tiende a domesticar, a anular en interés de la despreciable mayoría digna tan solo de servirle de pedestal.

Cómo reacción a nuestra época de intelectualismo y de degeneración fisiológica anúnciase ya una época guerrera; se levanta una aurora de hombres fuertes, sanos de cuerpo y alma, de verdaderos aristócratas que vendrán a marcar con el sello de la esclavitud al vulgo de los débiles e incompletos; a los esclavos que hoy se educa como a señores, de cuya civilización hay que precipitar la ya visible decadencia: no corregirla, no apuntarla, no contenerla, sino empujarla y precipitarla para acabar con ella y para que de su aniquilamiento, de su arrasamiento completo surjan esos pocos, esos escogidos que han de ser los héroes europeos, los señores de mañana.

Tal es, así en cuatro palabras y más o menos incompleto, el pensamiento de Nietzsche, que como una oleada de aire sano cargado de fuertes aromas de poesía barre la moderna atmósfera de pesimismos y fatalidades.

Al exponer aquél pensamiento no hemos intentado presentarlo como un credo nuevo e indiscutible. ¿A dónde iríamos a parar? Entendido superficialmente, cualquier faquín podría creerse con misión para ser Rey del mundo; cualquier adorador de Baco o de Venus se sentiría de repente riquísimo de instinto y con ánimo de cometer toda suerte de barbaridades; y no faltaría quien sostuviera que esos varones fuertes de que nos habla Nietzsche son ni más ni menos que las clases populares en masa, libres de intelectualismo y afanosas de placeres.

Y no es eso. Lo noble , lo hermoso, lo excelente, manifiesta el mismo Nietzsche, es raro y exquisito, y el privilegio es la la ley natural de aquellos contados seres naturalmente priviligiados.

De manera que no hay que confundir a Rachavol con Carlo Magno: Rachavols se encuentran más de los que se necesitan, mientras que Napoleones primeros o Césares Borgias que sean, ya se presentan mas escasos.

Tampoco entendemos, con la divulgación de aquello que de Nietzsche nos ha llegado, hacer lo que suele llamarse atmósfera reaccionaria, pues cualquiera puede comprender que de llegar el mundo al ideal nietzschiano no serían las menos oprimidas las clases interesadas en que la susodicha atmósfera domine.

Hemos obedecido simplemente a un irresistible impulso expansivo nacido de la emoción que nos ha causado el concepto sociológico-poético de Nietzsche. porque éste, mas que nada es un poeta, un iluminado, cuyas afirmaciones no son hijas de un sistema filosófico en el estricto sentido de la palabra, sino que más bien parecen profecías, ditirambos inspirados por poética intuición y expresados con arte maravilloso que embelesa y cautiva.

Además, tras tanta democracia y tantas instituciones democráticas que por temperamento nos repugnan y nos cansan, el radicalismo aristocrático de Nietzsche, con toda su genial brutalidad, nos refresca y nos infunde consuelo y fortaleza.

Y finalmente hemos creído que no sería ocioso añadir un nuevo dato a lo que ya hemos apuntado otras veces, esto es, que empieza a revestir cierta significación el movimiento de protesta que hace ya tiempo se ha iniciado contra el orden social existente en lo que éste tiene de falso, de vacío, de formal, de cuerpo sin alma.

Ya el positivismo de Spencer empezó a venir contra lo que en la idea democrática imperante hay de abstracción, de sensiblería y de desconocimiento de la naturaleza humana: el diletantismo de Renan ha soñado con una aristocracia intelectual de toda distinción y refinamiento: Ibsen se ha presentado como el portaestandarte de una humanidad ennoblecida y no ciertamente por obra de la democracia: el genial Tolstoi fanatiza a parte de la juventud rusa con su místico anarquismo: hoy hemos hablado de Nietzsche, cuya boga en Alemania y fuera de Alemania ha de suceder probablemente, por su originalidad y grandes cualidades de estilo, a la de Schopenhauer.

Cada uno parte de un punto distinto y viene en dirección diversa, y aun opuesta entre algunos de ellos, hacia un objetivo que no es el mismo en la vaguedad con que la lontananza permite columbrarlo; pero para llegar a él, y sin perjuicio de separarse luego, todos estos grandes hombres convergen a una intersección que es ni más ni menos que la ruina de nuestras sociedades viejas y desacreditadas. ¿Qué hay que temer? ¿Qué hay que desear? Es inútil preguntarlo: consignemos la aparición de los signos precursores y esperemos con curiosidad de hombres que majestuosamente desenvuelvan una nueva fase de la evolución humana.

Febrero 1893
Joan Maragall


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