
De regreso a casa (en Cusco) me doy cuenta de que el tiempo es una ilusión. Una semana en Lima ocupa el espacio de 7 segundos en mi memoria. El presente no existe, pasado y futuro lo son todo. Hubiera querido hacer más cosas, pero la velocidad del tiempo en Lima es 10 veces mayor que la de Cusco. Y creo que ya perdí la costumbre de ese ritmo. Pero de todas maneras un baño de urbanidad nunca está demás. Además pude visitar el cine 3 veces y he conocido algunos buenos restaurantes.
Al recorrer los grandes centros comerciales de Lima me di cuenta de que hay algo en ellos que me atrae, que me llena, hay algo intimo dentro de mí que se satisface. Tal vez sea la cantidad de gente yendo y viniendo, tal vez sean los escaparates donde puedes ver miles de objetos totalmente innecesarios pero que igualmente los deseas. Tal vez sea porque todo es tan agradable, pasadizos bien iluminados, cosas bien acomodadas, gente muy amable que trata de venderte lo que sea. No sé. Pero, necesito comprar cosas para no sentirme vacio? ahí lo dejo...
Otra cosa de Lima que me ha sorprendido desagradablemente ha sido el tráfico vehicular. Una mañana tomé una combi que demoró 33 minutos en trasladarme poco más de un kilometro. Esa mañana renegué más de lo que reniego toda una semana en Cusco.
Pero, mis raíces están allá. Mi familia, mi casa (o la de mis padres), mi barrio (por cierto cada vez más peligroso), los amigos del barrio, los amigos de la universidad; siempre es agradable verlos. La amistad que renace y se refresca en una visita, cultivarla es muy importante. Una pichanguita con ellos cerró de buena manera una semana de la que poco me di cuenta.
Lima a pesar de todo es mi casa, y como toda casa visitarla siempre es agradable.
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